La región tiene 65% del agua dulce del mundo, pero la mayor parte se encuentra lejos de los centros de consumo y la creciente demanda está poniendo en jaque la sus-tentabilidad del recurso.

“De las 210 naciones del planeta, 190 tienen escasez de agua y sólo 10 son abundantes en este recurso”, dijo un experto.

Las imágenes de barcos pesqueros de alto tonelaje oxidándose para la eternidad en medio de un inhóspito arenal, son un símbolo del fracaso de la planificación central. El mar de Aral era el cuarto lago más grande del mundo en 1960, pero un ambicioso pro-grama de irrigación de la era soviética terminó prácticamente por secarlo. Los ríos que lo alimentaban fueron desviados para irrigar cultivos de algodón, la gran apuesta económica del régimen para la república de Uzbekistán. Pero, aparte de la mala construcción de los canales de regadío, había un pequeño problema: según estimaciones de la Water Footprint Network (WFN), una ONG con sede en Holanda, para obtener una tonelada de algodón se requieren unos 3.644 m3 de agua.

Este tipo de cálculos son los que hoy tienen a los gobiernos, empresas y organismos multilaterales de cabeza buscando soluciones para cuidar un recurso que durante generaciones ha sido percibido como gratuito.

“De las 210 naciones del planeta, 190 tienen escasez de agua y sólo 10 son abundantes en este recurso”, dijo el geógrafo británico Anthony Allan, una de las grandes autoridades científicas en el tema, durante un seminario realizado en mayo en Santiago de Chile.

Y la escasez no afecta sólo a los países desérticos. El suministro global de agua es relativamente estático, pero diversos factores están creando desequilibrios regionales que se complican por el hecho de tratarse de “un commodity difícil de transportar y que no se transa fácilmente”, como recalca un informe de Merrill Lynch.

Los expertos en la materia han acuñado una serie de conceptos para medir la disponibilidad y escasez de agua y orientar las decisiones futuras sobre cómo administrarla. El más significativo es la “huella hídrica”: el contenido de agua de un producto medido por el consumo del recurso en todas sus etapas de producción. El algodón, que virtualmente se tragó el mar de Aral, no es ni de lejos el mayor consumidor. En general, los más onerosos son las especias: vainilla, clavo de olor o nuez moscada. Pero su producción es limitada y poco significativa en comparación con el arroz, el trigo, el maíz y la soja, que representan en conjunto 53,3% del consumo hídrico de la agricultura mundial. La exportación de estos cultivos dio lugar a otro concepto importante: “el agua virtual”, acuñado por Allan, que se refiere al agua que viaja por el mundo a través de los productos exportados e importados. Según el científico, 20% del agua utilizada por la agricultura mundial viaja por el planeta.

“Es por esta razón que el rol de países como Estados Unidos y Brasil es clave. Son enormes exportadores de agua virtual a través de sus alimentos, y sus decisiones políticas en agricultura y subsidios agrícolas pueden tener un gran impacto”, dijo Allan en Santiago.

¿Podría ocurrir en América Latina, la región más rica del mundo en agua dulce, una catástrofe como la del mar de Aral? Mucho dependerá de las respectivas legislaciones y de los sistemas de gestión, incluyendo cómo utilizan y reutilizan el agua los usuarios.

CADA VEZ MÁS SED

El 97,5% del agua del planeta es salada. Del agua dulce restante, la mayor parte corresponde a glaciares, nieve y hielos eternos, lo que va dejando poco más de un tercio (reservas subterráneas o acuíferos, ríos, lagos, humedales y humedad del aire) para consumo humano directo o su utilización agrícola o industrial.

El problema es que durante el siglo XX la población se ha triplicado y el consumo de agua ha aumentado en cerca de seis veces. “Si proyectas las metas del milenio en términos de reducción de la pobreza, tenemos que hacernos la pregunta acerca de dónde sacaremos el agua para producir más carne, más leche, más verduras”, dice Rodrigo Acevedo, jefe de proyectos agroindustriales de Fundación Chile, un organismo de investigación y desarrollo.

En América Latina hay grandes ríos como el Amazonas, el Orinoco o el Magdalena, pero también reservas menos conocidas como el Acuífero Guaraní, que alberga más de 40.000 km3 de agua debajo de Argentina, Paraguay, Uruguay y Brasil. Si a esto se suman las nieves eternas de las cordilleras y los glaciares del Cono Sur, América Latina dispone de 65% del agua dulce del mundo, según cálculos del Programa Ambiental de las Naciones Unidas (UNEP).

Sin embargo, la relación entre oferta y demanda de agua da lugar a realidades muy distintas por país. Sin contar el uso de agua potable para consumo humano, Brasil y Argentina muestran los mayores saldos de exportación acuífera, básicamente por sus gigantescos envíos de cereales y carne al resto del mundo. En el polo opuesto se ubica México, con un enorme déficit (ver recuadro). Deficitarios son también Chile, Perú y Venezuela, mientras que Colombia, Ecuador, Paraguay, Bolivia y el resto de Centroamérica tienen superávit.

“Los déficits no reflejan necesariamente una escasez de agua, sino también una matriz de comercio en la que se importan muchos productos intensivos en agua”, dice Arjen Y. Hoekstra, director científico de la WFN y uno de los creadores del concepto de huella de agua. “El caso de México es definitivamente el de una escasez significativa, que se compensa importando agua virtual de Estados Unidos y Canadá”. Otros países de la región, teniendo agua abundante, importan, sin embargo, productos intensivos en agua como carne, alimento para la ganadería o trigo.

Dada la creciente demanda, muchas fuentes de agua están sometidas a una fuerte presión y algunas se encuentran al límite de sus capacidades.

“El concepto clave es el de caudal mínimo ambiental, el que debe tener un río o un acuífero para que su situación sea sostenible en el largo plazo”, señala Erika Zárate, encargada de programas de la WFN. “Se pueden hacer todas las operaciones de extracción siempre que no se ponga en riesgo este caudal mínimo, que depende de cada fuente”.

En México el problema proviene no sólo de la presión demográfica, sino también de los patrones de utilización del agua por parte de la agricultura, que sigue demandando prácticamente la misma que hace 20 años. “Uno de los grandes retos que tenemos es mejorar nuestra capacidad de captación de lluvias y recarga de los acuíferos”, dice Vidal Garza, director de la Fundación Femsa. El ejecutivo, encargado de las políticas ambientales de uno de los mayores conglomerados industriales de América Latina, recalca la experiencia obtenida por los organismos y empresas en el centro y norte del país. “Ciudades como Monterrey, Saltillo y Tijuana se destacan por el aprovisionamiento, el trata-miento de fugas y sistemas de cobro adecuados a la realidad”.

Para el profesor José Tundisi, director del Instituto Internacional de Ecología, con sede en la ciudad paulista de São Carlos, el tratamiento y la reutilización del agua son temas pendientes en Brasil: “Faltan definiciones más claras para atraer inversiones que reduz-can la contaminación orgánica en las grandes ciudades. Sólo un 30% de las aguas son tratadas”.

Pero en ambos países ya se están construyendo enormes centrales de tratamiento, para que el agua contaminada sea reutilizada. Es el caso de la planta de Atotonilco, en el estado de Hidalgo, México, y de Aquapolo, en São Paulo. Atotonilco ha sido anunciada como la mayor planta de tratamiento de agua del mundo. Requiere de una inversión de US$ 725 millones (lo hace un consorcio en el que participa Carlos Slim) y se enmarca en el Programa de Sustentabilidad Hídrica de la Cuenca del Valle de México. Por su parte, Aquapolo (proyecto en que participan Odebrecht y la sanitaria Sabesp) proveerá de agua reciclada al polo petroquímico paulista, con lo cual grandes consumidores como Braskem (el séptimo mayor conglomerado petroquímico del mundo) bajarán su consumo de agua de primer uso.

En este contexto de creciente “estrés hídrico”, también están cobrando fuerza nuevas tecnologías para recoger agua de las lluvias y de la niebla, o para desalinizar el agua de mar. Esta última, a pesar de su mayor costo, se está utilizando cada vez más en regiones de alto estrés hídrico, como el Medio Oriente o el norte de Chile.

SEGURIDAD HÍDRICA

Algunos ya hablan de que así como muchas guerras de los últimos 100 años han sido por el petróleo, en el futuro se darán “guerras del agua”. Para Andrei Jouravlev, experto en recursos naturales de la Cepal, se trata más bien de una exageración periodística. “En Chile hay grandes reservas de agua dulce, pero no puedes meterlas en un portaaviones y llevártelas”, dice.

Lo que está claro es que la existencia de áreas con escasez y otras con abundancia de agua debe ser analizada en el contexto mayor del comercio mundial de recursos naturales. “En América Latina hay abundancia de agua y en otras partes del mundo hay escasez, y muchas de ellas son ricas en petróleo”, dice Hoekstra, de la WFN. “Esto abre interesantes preguntas y posibilidades geopolíticas”.

Si bien el agua no puede viajar como tal, sí lo hace a través de los productos. Entonces, la ecuación ya no es sólo entre materias primas versus bienes de capital, sino entre barriles de petróleo y alimentos.

Aquí surge el tercer gran concepto, la seguridad hídrica. Las regiones y países que ya experimentan escasez están aplicando políticas específicas para asegurar el suministro. Junto con construir las mayores plantas de desalinización del mundo, Israel está controlando cuánta agua virtual exporta. “Desincentivan la exportación de productos de bajo precio internacional e intensivas en agua, como las naranjas, y estimulan la exportación de otros de alto valor”, dice el profesor Hoekstra.

Es lo que no se hizo en Uzbekistán, el segundo mayor exportador de algodón después de Estados Unidos. Se han sugerido decenas de soluciones a la muerte paulatina del mar de Aral: introducir un algodón menos intensivo en el uso de agua, mejorar los canales de irrigación, instalar represas y plantas desalinizadoras, llevar agua del Volga o del mar Caspio. Todas son carísimas. Mientras tanto, algunos empresarios locales han organizado circuitos turísticos por los lugares más pintorescos del lago… o de lo que queda de él.

Autor: Carlos Tromben (terra.cl)